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Restaurados Para Obedecer

  • Foto del escritor: Jesús Zabaleta
    Jesús Zabaleta
  • 6 ene
  • 4 Min. de lectura

Nunca he estado en el Museo del Louvre, en París, pero sé algo de lo que allí ocurre. Muchas de las grandes obras que se exhiben no están intactas como el día en que fueron creadas. Han tenido que ser restauradas con extremo cuidado: sin alterar la obra, sin cambiar la intención del artista, buscando devolverlas lo más posible a su estado original.

Gracias a los restauradores seguimos admirando esas obras. Y gracias a Jesucristo, la obra de Dios en nosotros también puede ser restaurada.


La Biblia no esconde la fragilidad de sus protagonistas. Está llena de hombres y mujeres que amaron a Dios, pero también fallaron. Abraham tuvo miedo. David cayó. Rahab cargó con un pasado difícil. Salomón se dividió. Pablo persiguió. Los discípulos discutieron. No hay personajes bíblicos impecables; hay seres humanos alcanzados por la gracia.

Y si somos honestos… nosotros tampoco estamos intactos.

Tal vez te alejaste de personas que amabas.Tal vez de la iglesia. Tal vez de Dios.

Y aun así, aquí estás.

Porque el evangelio no trata de obras intactas, sino de vidas restauradas.


Obedecer antes de comprender

(Lucas 5:1–7)

La relación entre Jesús y Pedro comenzó a orillas del lago de Genesaret. Pedro había pasado toda la noche pescando sin éxito. Jesús, un carpintero predicando en la orilla, le dio una instrucción que no parecía lógica:

“Lleva la barca a aguas más profundas y echa las redes” (Lucas 5:4).

Pedro sabía que no tenía sentido. Estaba cansado. Era el experto. Sin embargo respondió:

“Pero, porque tú lo dices, echaré las redes” (Lucas 5:5).

Pedro obedeció sin entenderlo todo. No obedeció porque la instrucción fuera razonable, sino porque confió en la persona de Jesús. Fue una obediencia inicial, todavía inmadura, pero real. Desde el comienzo aprendió que seguir a Jesús implicaría confiar antes de comprender.


Amar a Jesús… pero fallar en obedecer

(Marcos 14:29–31, 71–72)

Con el tiempo, la confianza de Pedro se transformó en exceso de seguridad.

—“Aunque todos te abandonen, yo no”, declaró (Marcos 14:29).

Jesús le respondió con una advertencia clara:

“Antes de que el gallo cante dos veces, me negarás tres veces” (Marcos 14:30).

Pedro insistió. Prometió fidelidad absoluta. Pero cuando el costo se volvió real, su obediencia se quebró. El problema de Pedro no fue que dejara de amar a Jesús, sino que dejó de obedecer cuando obedecer dolía.


Junto a unas brasas, negó al Señor. Cuando el gallo cantó, recordó las palabras de Jesús y lloró amargamente (Marcos 14:71–72).


El viernes fue trágico. El sábado guardó silencio.

“Y a Pedro”

(Marcos 16:6–7)


El domingo, el sepulcro estaba vacío. Y el ángel dio un mensaje que cambia todo:

“Vayan y digan a sus discípulos —y a Pedro— que Él va delante de ustedes a Galilea” (Marcos 16:7).

Ese “y a Pedro” es pura gracia. Es el cielo diciendo: no lo excluyan. No permitan que se descalifique a sí mismo.


Redes vacías y gracia en la orilla

(Juan 21:1–7)

Pedro y los otros discípulos recorrieron unos ciento veinte kilómetros hacia el norte para llegar al mar de Galilea. Allí volvió a pescar. Toda la noche trabajó y no pescó nada (Juan 21:3). Redes vacías. Manos cansadas. Corazón aún más vacío.

Desde la orilla, una voz preguntó:

“Muchachos, ¿tienen algo de comer?” (Juan 21:5).

Ni siquiera un pequeño bocado.La respuesta fue corta y devastadora:

“No”.

Entonces Jesús dijo:

“Echen la red a la derecha de la barca” (Juan 21:6).

Obedecieron. Y la red se llenó. Cuando Juan dijo: “Es el Señor”, Pedro se lanzó al agua sin pensarlo (Juan 21:7). El mismo hombre que había huido ahora corre hacia Jesús.

Brasas, desayuno y restauración

(Juan 21:9–17)

En la orilla había brasas. El mismo escenario de la negación. Jesús no acusa. Jesús invita:

“Vengan a desayunar” (Juan 21:12).

Luego viene la restauración, pública y personal:

—“Simón, hijo de Juan, ¿me amas?” (Juan 21:15).

Jesús pregunta por amor perfecto. Pedro responde con amor humano, sincero, limitado. Tres veces pregunta. Tres veces responde. Tres veces Jesús reafirma el llamado:

“Apacienta mis ovejas”.

Jesús no rebaja el llamado. Restaura al hombre para volver a confiarle la misión.


Cuando restaurar también nos duele como pastores

Como pastores, no siempre es fácil acompañar procesos de restauración. A veces hemos invertido tiempo, oración, lágrimas, recursos y formación en una persona, y de pronto esa misma persona nos da la espalda, se va del redil o desaparece en el momento más crítico.

Humanamente, duele. Y en ocasiones, ese dolor se convierte en reservas, distancia o cansancio frente a la idea de volver a creer en alguien.


A Jesús le pasó algo similar con Pedro. Tres años de caminar juntos, enseñanza constante y confianza depositada… y en la noche más oscura, Pedro lo negó. Sin embargo, Jesús nunca le reclamó por lo invertido, nunca le pasó factura por la traición ni le exigió explicaciones. Fue hasta el lugar donde Pedro estaba, se puso en su misma orilla, encendió el fuego, preparó el desayuno y abrió un espacio de gracia.


Jesús nos enseña que el liderazgo del Reino no restaura desde la contabilidad de lo perdido, sino desde la misericordia que vuelve a creer. Restaurar no niega el dolor, pero decide que la gracia tenga la última palabra.


Restaurados para obedecer

Pedro no fue restaurado solo para sentirse perdonado, sino para volver a obedecer desde el amor. Su obediencia ya no nació del orgullo ni de la presión, sino de un corazón sanado.

Meses después, el mismo Pedro predicó en Pentecostés. El negador se convirtió en proclamador. El que huyó del fuego ahora se paró frente a la multitud.

Jesús no busca esclavos temerosos, sino hijos restaurados que obedecen porque aman.

Y tú…

Tal vez hoy estás entre dos fuegos. Tal vez tus fracasos te hicieron dudar de tu lugar en el plan de Dios.

Recuerda esto:Jesús sigue llamando desde la orilla. Sigue preparando desayunos de gracia. Sigue restaurando para volver a enviar.

La obediencia que Dios honra no nace del miedo, sino de un amor restaurado.

Jesús puede transformar a un Pedro negador en un Pedro proclamador. Lo hizo entonces. Lo hace hoy. Y quiere hacerlo contigo.

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